La tristeza ajena también duele y cala en lo profundo.

Hoy, un niño de apenas 13 años perdió la vida mientras jugaba en las orillas del río Mayo, acondicionado para el esparcimiento familiar.
Su alegría seguramente se notaba en la aparente tranquilidad de su mundo y entonces surgen las preguntas, los silencios y las ausencias de ya sabemos quiénes.
Estas son las tragedias que parten el alma; de esas que no se reparan con palabras, ni con gritos, ni con publicaciones, en el fondo nos confrontan y nos señalan como adultos.
Somos injustos muchísimas veces. Descuidamos, confiamos de más, pensamos ‘no pasa nada’ y cuando pasa, buscamos culpables. Señalamos al primero que se atraviesa, como si eso aliviara el dolor.
Nada devuelve una vida ni repara el vacío de unos padres que hoy enfrentan lo impensable. No quisiera estar en sus zapatos; que Dios les dé consuelo y que a nosotros nos dé conciencia para no convertirnos en máquinas, en un simple ‘CPU’ atrapado en la computadora o el celular, como suelo decirle a mis alumnos.
No son los tiempos de antes. Hoy más que nunca, nuestros hijos y nietos necesitan presencia, atención y cuidado constante. Desde el primer día de vida hasta la mayoría de edad; Chihuahua!! no hay espacio para la distracción.
Semana Santa transcurría en relativa calma en la región del Mayo, algunos incidentes menores, imprudencias que no escalaron en sangre y dolor. Pero hoy, con lo sucedido este Viernes Santo, la estadística ya no está en cero y ojalá que no crezca.
Escucho la ambulancia en este preciso momento en que tecleo esta reflexión; suena fuerte su sirena aquí en Etchojoa, todo indica que viene del Sahuaral.
Ojalá entendamos, antes de que sea tarde, que la prevención no es exageración, es responsabilidad.
A la familia del niño, mi abrazo solidario y fraterno.
QEPD.